Noche de primavera.
Con un amigo andamos bajo la luna,
hacia su granja.
Noche de primavera, la luna se oculta.
Agarrados de la mano andamos lentamente.
A menudo, espantados por nuestras voces
que resuenan
los pájaros de agua, batiendo sus alas,
levantan el vuelo.
***
Vivo sobre una ladera del monte Kugami,
la puerta da a la montaña esmeralda;
si la soledad no te asusta,
ven a llamar a mi puerta en el bosque.
***
En los árboles, el ruido de las cigarras;
al pie del peñasco, el agua.
El aguacero de la noche pasada
ha limpiado los humos y el polvo.
No digo que en mi choza
no haya nada:
está llena la ventana de aire fresco
para compartir contigo.
***
Riqueza y honor no son asunto mío.
La inmortalidad no puedo esperarla.
Sólo deseo llenar mi vientre,
el nombre está vacío, ¿para qué sirve?:
un cuenco, a todas partes llevo,
una bolsa de tela, también me acompaña.
A veces voy al lado de la entrada del templo y,
por azar, me encuentro con los niños.
¿Cómo describir mi vida?:
Alegre, así paso mi tiempo.
***
En otro tiempo he vivido en este lugar;
he vuelto, solo, con mi caña solitaria.
A través de los muros derrumbados,
Zorros y liebres han hecho su camino.
Junto a los pozos secos,
se abaten los bambúes.
En la ventana donde leía,
telas de araña.
El polvo ha enterrado
la tarima del dojo,
las hierbas de otoño, enmarañadas,
han engullido la escalinata.
Un frío saltamontes grita a mi lado.
Vacilante, no puedo decidirme a partir;
desamparado, frente al sol del crepúsculo.
***
Las montañas azules delante,
detrás las nubes blancas.
Si al este o al oeste alguien pasa,
no tengo nada que decirle.
***
¡El anciano! ¡El anciano!,
ha llegado a mi choza de la montaña.
En mi choza de montaña silenciosa,
los días y los meses son largos;
bajo la ventana, al sur, sentados
a nuestro antojo,
comemos su calabaza
y bebemos mi saké.
***
Vivo en un bosque profundo,
de año en año brotan las hojas verdes;
además ningún asunto mundano
me viene a molestar.
De vez en cuando oigo
a un leñador cantar.
Al sol remiendo
mi vestido de monje.
Bajo la luna leo poemas.
Quisiera decir a los hombres de este mundo,
que para estar contento no se necesita mucho.
***
Desde que vivo aquí,
no sé cuanto tiempo ha pasado.
Fatigado, estiro las piernas
y me duermo como quiero.
Calzo mis sandalias y dejo
a los hombres alabarme,
dejo a los hombres burlarme;
que mi cuerpo, engendrado
por padre y madre,
siga el curso de las cosas:
he ahí lo que me contenta. |